Una de las épocas estéticamente para mi gusto más sublimes, fueron los finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta del siglo pasado. Me deleito al ver fotografías o películas de aquella época gloriosa, que marcaba una preciosa estética. Era pulcra en el vestir, también destacaba la atractiva línea de diseño de los automóviles, y la más sublime belleza jamás superada entre las estrellas de cine. He de decir que objetivamente la mujer más guapa que pisó un escenario en aquel momento fue Carmen Sevilla, pero la que pasó por ser el animal más bello del mundo fue Ava Gardner. El autor de este hiperbólico apelativo fue su tercer marido, Frank Sinatra. Este matrimonio vivió sumido en una tormentosa montaña rusasentimental, y aún estaba casada con “la voz”,cuando la Gardner se divertía en inacabables noches de farra en el Madrid de los cincuenta.Durante una pausa en el rodaje de Mogambo,la actriz vino a España para sacudirse la arenade la sabana del África negra. Y en este receso fue cuando conoció al torero Luís Miguel Dominguín, del que quedó prendada. Son múltiples las anécdotas que se cuentan de esta relación, pero quizá la más famosa, es aquella en la que después de una noche de juerga, se fueron a la cama, y tras la sesión de gimnasia amatoria, se levanta el maestro, se viste y comienza un paseíllo triunfal hacia la puerta de salida. Al ver que Dominguín se disponía a marcharse, su amante desde la cama le preguntó, -¿Dónde vas?-, a lo que le respondió con toda naturalidad, -¿a dónde voy a ir? A contarlo- .
Si para España 1492 fue un año de gloriosas gestas, 1992 en cambio, se vivió para muchos de nosotros como uno nefasto. El barniz de modernidad que se nos aplicó, fue tan solo eso, un barniz que disimulaba la carcoma que se estaba preparando para devorar nuestro sector productivo. También aquél quinto centenario fue el primer peldaño hacia una funesta política de endofobia cultural. Ese fue el año en el que Felipe González nos quitó el pantalón de pana y la boina, para hacernos presentables ante el mundo. Y para eso de ser moderno, habría que cambiar conceptos que olían a rancio como el del descubrimiento. Así que se vendió aquello del encuentro de culturas, algo más acorde con los tiempos que corrían. En ese supuesto encuentro hubo dos sujetos, Castilla por un lado y América por otro, el primero fue un sujeto activo, el segundo pasivo, y más que un encuentro fue un toparse. Castilla fue la que se gastó las perras, la inteligencia y los hombres para tratar de buscar una ruta comercial pororiente, tratando de salvar la amenaza turca del Mediterráneo. Fue así, cuando sin tenerlo previsto, nos dimos de narices con un continente ignoto. Pero desde que se celebraron los fastos del 92, parece que hemos de estar avergonzados por haber sido los españoles los que realizamos aquel prodigio. Y desde entonces, no han dejado de aparecer investigaciones en las que anticipan la llegada de otros pueblos a América antes que los españoles. Hablan de que surcaron las aguas atlánticas fenicios y vikingos, las del Pacífico una expedición china, hasta se ha llegado a elucubrar con que las riquezas de los templarios provenían de las minas de plata del sur de América. Que haya historiadores que rebusquen entre legajos y restos de cultura material, es algo habitual, la historia se escribe mediante la continua revisión, y llegar a la conclusión de que alguien posara sus pies en América antes que los españoles, es algo que excita no solo académicamente hablando, sino también las pútridas gónadas de ciertos personajes que desean quitar el mérito del descubrimiento a España. Sinceramente, da igual que el hombre de cromañón llegara antes a las costas americanas, porque para que conste en los anales, al igual que sucedió con el maestro Dominguín y su conquista de la Gardner, hay saber lo que se ha hecho, volver y contarlo.