¿Y la dimisión, pa’ cuándo?

 

En la política, como en la vida misma, hay momentos en los que la autocrítica, la responsabilidad y la honestidad deberían primar sobre cualquier otro interés. Sin embargo, parece que, en muchos casos, estas cualidades han sido relegadas al olvido.

Los escándalos se suceden, los errores se acumulan y las justificaciones se convierten en la norma, mientras la ciudadanía se hace la misma pregunta: ¿y la dimisión, pa’ cuándo?

Es curioso cómo se ha normalizado el arte de esquivar responsabilidades. Los dirigentes que prometieron trabajar por el bien común parecen haberse vuelto expertos en justificar lo injustificable, desviar la atención hacia terceros o simplemente esperar a que la tormenta pase.

Mientras tanto, los titulares se llenan de casos de supuesta corrupción, decisiones polémicas y declaraciones desafortunadas que, en cualquier otra circunstancia, habrían terminado con una renuncia inmediata.

La falta de dimisiones y la erosión de la confianza

Cuando un político permanece en su puesto pese a los errores evidentes o los escándalos públicos, el mensaje que se transmite es claro: el poder está por encima de la ética.

Esta percepción no solo erosiona la confianza en las instituciones, sino que también perpetúa una cultura de impunidad. Si los responsables de dirigir un país, una región o incluso una pequeña localidad no son capaces de asumir las consecuencias de sus actos, ¿qué ejemplo se está dando a la sociedad?

El peso de la presión pública

La dimisión, lejos de ser un signo de debilidad, debería considerarse un acto de integridad.

En países como Japón, por ejemplo, las renuncias son casi un ritual ante el más mínimo error político o personal. En otros lugares, como España, el concepto parece más bien una rareza. Aunque el clamor popular sea evidente y los medios lo repitan hasta la saciedad, pocos son los que deciden dar un paso atrás.

Pero aquí surge otra pregunta importante: ¿es suficiente con exigir dimisiones? La sociedad tiene el poder de exigir cambios estructurales, de presionar para que las normas éticas y legales se refuercen, y de recordar a los líderes que su legitimidad proviene de los ciudadanos, no de las sillas que ocupan.

Un compromiso con la dignidad

Las dimisiones no deberían ser vistas como derrotas, sino como un gesto de respeto hacia el cargo que se ocupa y hacia las personas que confiaron en quien lo ejerce. Decir “me equivoqué, y por eso me voy” es una de las declaraciones más dignas que un político puede hacer. No solo pone fin a un ciclo problemático, sino que también abre la puerta a que otros puedan trabajar para reparar los daños.

Conclusión

Mientras seguimos esperando respuestas, soluciones y, por qué no, dimisiones, recordemos que la política es un reflejo de la sociedad. Si exigimos transparencia, responsabilidad y compromiso desde la base, quizás algún día dejemos de preguntarnos “¿y la dimisión, pa’ cuándo?” y empecemos a hablar de un sistema que no solo reconoce los errores, sino que actúa para corregirlos. Hasta entonces, seguiremos viendo cómo se esquiva una y otra vez el peso de la responsabilidad.

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