El término municipal de Cantoria ha sido testigo de un nuevo episodio en la larga historia de la lucha urbanística en el Valle del Almanzora. Tres viviendas han sido condenadas a demolición en cumplimiento de una sentencia judicial firme, un recordatorio de que la legalidad, tarde o temprano, se impone, aunque en muchos casos el proceso sea doloroso para quienes lo sufren.

Dos de estas casas estaban prácticamente terminadas, mientras que la tercera se encontraba aún en construcción. Con esta demolición, se vuelve a poner en evidencia un problema que lleva años afectando a la comarca: el urbanismo irregular, muchas veces fomentado por la inacción o la complicidad de las administraciones. Se permitió, se promovió o simplemente se miró hacia otro lado mientras urbanizaciones enteras crecían en suelos no aptos, atrapando a cientos de familias en un limbo legal. Ahora, cuando la justicia actúa, muchos de estos propietarios ven cómo sus sueños se reducen a escombros, mientras que las responsabilidades políticas de quienes lo consintieron parecen desvanecerse con el tiempo.
Pero este no es solo un problema del pasado. Si algo demuestra esta situación es que Cantoria sigue sumida en un caos urbanístico que dura ya décadas. El Plan General de Ordenación Urbana del municipio lleva más de 40 años en el aire, sin aprobarse ni ejecutarse, sumiendo al municipio en un bloqueo que impide su desarrollo ordenado. Año tras año, se habla de su actualización, pero lo único que avanza son los años, mientras que los problemas siguen enquistados.
El cumplimiento de las sentencias es inapelable, pero deja sobre la mesa un debate necesario. ¿Cómo se llegó a este punto? ¿Por qué durante años se toleró lo que ahora se castiga? Y, sobre todo, ¿qué soluciones se han puesto en marcha para evitar que siga ocurriendo?
La demolición de estas tres viviendas es una señal de que la etapa de la impunidad se acaba. Pero también es un aviso para quienes gobiernan: mirar hacia otro lado nunca es una opción cuando se trata de la legalidad y del futuro de un municipio. Porque si algo está claro es que, más allá de las fotos y los discursos, la realidad siempre acaba pasando factura.