En la vida, hay una gran diferencia entre la ignorancia involuntaria y la ignorancia elegida. Todos nacemos sin saber, pero tenemos la capacidad de aprender, de crecer y de cambiar nuestra percepción del mundo. Sin embargo, hay quienes, por comodidad, orgullo o terquedad, deciden no saber. Son esas personas que, aun teniendo acceso a la verdad, prefieren ignorarla porque no encaja con su visión del mundo.
Este tipo de necedad es especialmente peligrosa cuando va acompañada de una actitud soberbia. No solo se niegan a aceptar información nueva, sino que además creen que su falta de conocimiento es una virtud, y lo peor: asumen que los demás son tan tontos como ellos. Es el clásico caso de quien habla con autoridad sobre temas que no comprende, quien ridiculiza al que trata de explicarle la realidad o quien cree que su opinión vale lo mismo que un hecho comprobado.
En el fondo, esta actitud no es más que una coraza. Quien no quiere saber teme reconocer sus errores, teme enfrentarse a la posibilidad de estar equivocado. Pero la realidad es tozuda y, tarde o temprano, se impone. Mientras tanto, el necio se rodea de un círculo de autoengaño, donde solo escucha lo que quiere oír y rechaza cualquier argumento que desafíe su visión.
El problema de este tipo de personas no es solo que se engañan a sí mismas, sino que muchas veces intentan arrastrar a los demás en su ignorancia. Desacreditan a los que saben, desinforman a quienes dudan y convierten la mentira en su verdad. Creen que, si repiten una falsedad suficientes veces, esta se volverá real. Pero no es así. La verdad no necesita permiso para existir, y el conocimiento es una puerta que solo se cierra desde dentro.
En definitiva, no hay más tonto que el que no quiere saber… y más aún si cree que todos los demás son igual de tontos. Porque la ignorancia voluntaria no es solo una falta de conocimiento, sino una decisión consciente de vivir en la oscuridad. Y quien elige la oscuridad nunca podrá iluminar a los demás.